La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) advirtió que si el marco regulatorio no se adapta, la inteligencia artificial generativa podría provocar pérdidas globales de ingresos de hasta 24% para los creadores musicales y 21% para los audiovisuales antes de 2028.
Los datos forman parte del informe Re | Shaping Policies for Creativity 2026, que examina el estado actual de las políticas culturales a nivel mundial tras dos décadas de vigencia de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, de 2005.
En particular, el documento -que puede verse íntegramente al final de esta nota- analiza cómo la transformación digital y la inteligencia artificial alteraron la remuneración de los artistas, advirtiendo sobre una creciente brecha tecnológica entre países desarrollados y en desarrollo (tesis central de la Unesco desde su nacimiento en 1945 y sobre todo a partir del Informe MacBride (Many Voices, One World) publicado en 1980 y que originó el concepto de Nomic (Nuevo orden de la información y la comunicación).
El documento, basado en información de más de 120 países, sostiene que «la infraestructura normativa no acompaña la velocidad de la disrupción tecnológica». Aunque el 85% de los estados incorpora a las industrias culturales y creativas en sus planes nacionales, apenas el 56% establece objetivos culturales específicos y medibles. La brecha digital agrava el problema: mientras el 67% de la población en países desarrollados tiene habilidades digitales consideradas “esenciales”, el porcentaje cae al 28% en países en los países en desarrollo.
Según la Unesco, el comercio mundial de bienes culturales alcanzó US$ 254.000 millones en 2023, pero el gasto público directo en cultura permanece por debajo del 0,6% del PIB global, y solo 0,15% de la ayuda internacional se destina al sector. La economía cultural crece, pero su base institucional sigue siendo frágil.
La irrupción de la Inteligencia Artificial Generativa (IAGen) representa el cambio más significativo en el entorno digital, transformando la creación y producción cultural. Ante esto, la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea (2024) se posicionó como el primer marco legal integral, exigiendo transparencia sobre los materiales protegidos por derechos de autor utilizados para el entrenamiento de modelos y la evaluación de riesgos sistémicos.
El informe de la Unesco también advierte sobre la creciente concentración (una preocupación también fundacional de la Unesco, antes enfocada en los medios tradicionales y ahora en las plataformas tecnológicas). Para la organización, un número reducido de plataformas -los nuevos “gatekeepers”- controla distribución, monetización y descubrimiento de contenidos. Los sistemas de recomendación, «opacos y poco auditables», pueden relegar a creadores emergentes o periféricos a una invisibilidad estructural.
En cuanto al gasto público, el trabajo observó una divergencia marcada: mientras que en los países desarrollados la inversión se estancó o disminuyó desde 2014, en los países en desarrollo el gasto gubernamental en cultura como porcentaje del PIB viene aumentando desde 2018.
La regulación de contenidos en medios de comunicación también se intensificó a nivel global, con un reporte de normativas de contenido nacional para medios audiovisuales que subió del 68% en el periodo 2017-2020 al 80% en 2021-2024. En Europa, la Directiva de Servicios de Medios Audiovisuales recomienda que al menos el 30% del contenido de los servicios de video bajo demanda consista en obras europeas.
El mercado internacional de las bellas artes, a pesar de las fluctuaciones económicas y el impacto de la pandemia en 2020, mantuvo volúmenes masivos de transacciones. En 2024, Estados Unidos fue el mayor mercado global con US$ 4300 millones en ventas de subastas de bellas artes, seguido por China con US$ 1900 millones y el Reino Unido con US$ 1400 millones (tal como contó la periodista de arte Alicia de Arteaga en Conversaciones Convergentes).
La integración de la cultura en las estrategias de desarrollo es una prioridad creciente: el 58% de los países incluyen la cultura en sus estrategias de cooperación internacional para el desarrollo. Además, el 85% de las naciones reportan iniciativas de regeneración lideradas por la cultura a nivel regional, urbano o rural, consolidando su rol como motor de desarrollo sostenible.
A pesar de que el 77% de los países desarrollados y el 74% de los países en desarrollo reportan medidas para la igualdad de género, persisten disparidades profundas y estereotipos que limitan el acceso de las mujeres a roles de liderazgo, sostuvo la Unesco.
La libertad artística enfrenta desafíos críticos, ya que el reconocimiento formal no siempre garantiza protección real; organizaciones como Freemuse continúan documentando detenciones arbitrarias y censura. Los datos muestran que las medidas específicas para grupos vulnerables son escasas: solo el 8% de los países reportan medidas legales para artistas de comunidades indígenas y un porcentaje igual para minorías sexuales.
La tensión ideológica detrás de los datos
La Unesco interpreta este escenario como una amenaza a la diversidad cultural y a la sostenibilidad económica del trabajo creativo. La organización -históricamente inclinada hacia marcos regulatorios rígidos y mayor intervención pública- reforzó su llamado a fortalecer la gobernanza estatal frente al poder de mercado de las plataformas.
Ese enfoque ha generado críticas en distintos momentos, particularmente desde sectores más orientados al libre mercado, e incluso influyó en la relación de algunos Estados con la organización a lo largo del tiempo. La discusión se dio incluso dentro de la ONU, donde la contendiente fue la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad).
Con 194 estados miembros en la actualidad, la Unesco mantiene una base global amplia, aunque su historia de abandonos periódicos refleja un equilibrio delicado entre su vocación normativa -percibida por algunos como más regulatoria que liberal- y la necesidad de sostener consensos entre potencias con visiones divergentes sobre cultura, comunicación y gobernanza internacional.

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