Los mercados de predicciones dejaron de ser una curiosidad financiera para convertirse en un actor relevante dentro del ecosistema informativo. En estos espacios digitales -entre los que destaca Polymarket-, miles de usuarios compran y venden contratos vinculados a eventos futuros -elecciones, indicadores económicos o conflictos geopolíticos- y el precio de esas posiciones refleja la probabilidad que el mercado asigna a cada resultado.

El mecanismo es simple: cada evento se divide en dos opciones, “sí” o “no”, con precios entre US$ 0 y US$ 1. Si una opción cotiza a US$ 0,60, el mercado está señalando una probabilidad implícita del 60%. Quienes aciertan cobran US$ 1 por contrato. La lógica replica la dinámica de los mercados financieros, pero aplicada a hechos del mundo real.

El crecimiento de estas plataformas fue impulsado por su capacidad de anticipación. En 2024, por ejemplo, los usuarios de Polymarket asignaban mayor probabilidad a la victoria de Donald Trump frente a Kamala Harris, en contraste con encuestas tradicionales. También registraron movimientos anticipados ante eventos políticos en Venezuela y estimaciones cercanas a los datos oficiales de inflación en Argentina.

Esta capacidad para agregar información dispersa -y, sobre todo, para poner dinero detrás de las convicciones- es lo que explica su atractivo. Funcionan como un “termómetro” que mide no solo qué piensa la gente, sino cuánto confía en eso. Sin embargo, esa misma lógica introduce sesgos: participación limitada, influencia de grandes inversores (“ballenas”) y posibles filtraciones de información privilegiada.

El impacto en el periodismo: una nueva “beat”

El fenómeno ya está transformando la práctica periodística. En los Estados Unidos, medios como CNN, CNBC o la agencia AP firmaron acuerdos con plataformas como Kalshi, mientras que Polymarket avanzó en alianzas con Substack y Dow Jones.

Esto tiene tres efectos concretos:

1. Nuevas fuentes de información: los periodistas empiezan a usar datos de mercados de predicciones como insumo complementario, al igual que encuestas o indicadores económicos.

2. Un nuevo campo de cobertura: surgió un “beat” específico, periodistas que siguen en tiempo real movimientos de precios para detectar tendencias, anomalías o posibles filtraciones de información.

3. Conflictos éticos: el cruce entre información privilegiada y apuestas abre un riesgo inédito: periodistas que acceden a datos antes que el público podrían beneficiarse económicamente. Algunos medios ya prohibieron a sus redactores participar en estos mercados.

A esto se suma otra tensión: la posible influencia de estos mercados sobre la narrativa mediática. Si un evento tiene implicancias económicas directas en una plataforma, ¿puede condicionar la forma en que se redacta una noticia?

El crecimiento de los mercados de predicciones también desdibuja fronteras. Aunque sus promotores los presentan como herramientas de forecasting más eficientes que las encuestas, reguladores de distintos países los consideran formas de apuestas no autorizadas.

La diferencia central es conceptual: mientras una encuesta mide opinión, un mercado mide convicción con dinero en juego. Pero esa “precisión” puede ser ilusoria si está basada en información incompleta o manipulada.

La fantasía de Minority Report

En el fondo, el auge de estos sistemas reactualiza una vieja aspiración: anticipar el futuro con exactitud. La referencia cultural inevitable es Minority Report, donde un sistema predictivo permite prevenir crímenes antes de que ocurran.

Los mercados de predicciones parecen ofrecer una versión descentralizada de esa fantasía: no hay “precogs”, sino miles de usuarios agregando información y expectativas en tiempo real.

Pero la distancia sigue siendo significativa. Estos mercados no predicen hechos inevitables, sino probabilidades condicionadas por información disponible, incentivos económicos y —en algunos casos— asimetrías de acceso a datos.

Para el periodismo, el desafío no es solo cubrir este fenómeno, sino entender su impacto estructural. Los mercados de predicciones introducen una lógica donde la noticia deja de ser solo lo que ocurrió y pasa a ser también lo que el mercado cree que va a ocurrir.

Eso redefine agendas, altera tiempos y tensiona principios tradicionales como la independencia editorial y el uso responsable de la información.

La pregunta de fondo no es si estos mercados reemplazarán a las encuestas o al periodismo, sino cómo convivirán con ellos en un ecosistema donde la información, el dinero y la anticipación del futuro empiezan a mezclarse.

El dilema ético: cuando el periodista apuesta sobre la noticia

El debate también alcanza a las redacciones. En junio de 2026, ProPublica anunció una modificación de su código de ética para prohibir expresamente que sus empleados apuesten sobre acontecimientos noticiosos en plataformas de predicción, independientemente de que participen o no en la cobertura de esos temas.

La organización argumentó que el problema no es solamente el uso de información privilegiada, una práctica ya prohibida por las normas periodísticas tradicionales, sino también la percepción pública de independencia. «Si uno de nuestros empleados tiene dinero en juego en el resultado de una noticia, ¿puede un lector tener la seguridad de que estamos cubriendo la historia de forma imparcial?», planteó el editor jefe adjunto Diego Sorbara al explicar la decisión.

La preocupación no es teórica. ProPublica citó casos recientes de militares, políticos y otros actores acusados de beneficiarse económicamente mediante apuestas vinculadas a información sensible. También recordó situaciones en las que periodistas recibieron presiones de apostadores que intentaban influir sobre la redacción de noticias capaces de afectar la resolución de determinados mercados.

La medida fue acompañada por otras organizaciones periodísticas. NPR emitió directrices similares y el New York Times comunicó a sus empleados que apostar sobre eventos noticiosos en mercados de predicción constituye una violación de sus principios éticos.

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