La discusión sobre la crisis de las ciencias sociales y humanidades acaba de recibir uno de los diagnósticos más contundentes surgidos desde el propio establishment académico estadounidense. Un comité integrado por destacados profesores de universidades como Harvard, Princeton, Northwestern, Chicago y New York University publicó en abril de 2026 el informe Report on the State of Scholarship in the Humanities and the Humanistic Social Sciences, una evaluación de casi 30 páginas sobre el estado de disciplinas como filosofía, historia, antropología, sociología, estudios literarios y musicología.

La comisión -convocada por los rectores de Vanderbilt University y Washington University- estuvo integrada por diez académicos de algunas de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Fue presidida por Paul Boghossian, profesor de Filosofía de la New York University (NYU), reconocido por sus críticas al relativismo y al posmodernismo, y contó con la participación de Kwame Anthony Appiah y Kit Fine, también profesores de Filosofía en la misma institución; Katherine E. Fleming, historiadora de NYU; Joseph Henrich, antropólogo de Harvard University; Jason Merchant, lingüista de la University of Chicago; Gary Saul Morson, especialista en humanidades y literatura eslava de Northwestern University; Gideon Rosen y Sean Wilentz, profesores de Filosofía e Historia, respectivamente, en Princeton University; y Ashley Rubin, socióloga de la University of Hawaii.

El informe se presenta como una evaluación interna sobre la calidad de la producción académica. Su punto de partida es la creciente pérdida de confianza pública en las humanidades, la caída de las inscripciones estudiantiles y las críticas cada vez más frecuentes sobre la calidad intelectual de algunos campos.

No todas las humanidades están en crisis

Los autores rechazan explícitamente la idea de que las humanidades hayan colapsado o que toda la producción académica de estas áreas sea deficiente. Por el contrario, sostienen que en todas las disciplinas analizadas existe investigación rigurosa y valiosa. Sin embargo, concluyen que el panorama general es «mixto» y que en diversos campos aparecen síntomas preocupantes de deterioro intelectual.

Según el documento, el problema central consiste en la sustitución gradual de criterios propiamente académicos por criterios políticos en la evaluación de investigaciones, publicaciones y carreras académicas. Los autores sostienen que en determinados sectores de las humanidades se instaló la idea de que la función principal del trabajo académico ya no es comprender el mundo humano, sino contribuir activamente a proyectos de transformación social vinculados principalmente a la justicia social, el antirracismo, el feminismo, la descolonización o las posiciones identitarias.

La consecuencia, afirman, es que ciertos temas y enfoques reciben un tratamiento privilegiado, mientras que investigaciones que desafían consensos ideológicos dominantes encuentran mayores obstáculos para ser publicadas, financiadas o discutidas.

El informe identifica diferencias importantes entre disciplinas.

  • En filosofía, los problemas aparecen principalmente en subcampos específicos vinculados a cuestiones de género y sexualidad.
  • En historia, los autores describen una situación más equilibrada, donde conviven corrientes ideologizadas con otras que mantienen estándares tradicionales de pluralismo y debate.
  • En antropología está el caso más preocupante debido a un «repudio generalizado» de los ideales de objetividad y a un clima intelectual que desalienta o sanciona el disenso en temas políticamente sensibles.

La disputa sobre la objetividad

Uno de los aspectos más profundos del informe es su análisis filosófico sobre la noción de objetividad.

Los autores sostienen que buena parte de los problemas actuales deriva de corrientes intelectuales que cuestionan la posibilidad misma de alcanzar conocimientos objetivos sobre la realidad social e histórica.

Algunas versiones moderadas de esta posición sostienen que toda investigación contiene elementos interpretativos inevitables. Sin embargo, el comité advierte que versiones más radicales llegan a considerar que conceptos como verdad, evidencia u objetividad son simples instrumentos de poder o construcciones ideológicas.

Para el grupo liderado por Boghossian, esta evolución tiene consecuencias institucionales significativas. Si no existen criterios objetivos para evaluar afirmaciones académicas, argumentan, resulta más fácil reemplazar los estándares de evidencia por criterios políticos o morales. El informe llega a afirmar que la generalización de estas ideas representaría una «catástrofe» para las humanidades entendidas como disciplinas académicas orientadas a producir conocimiento.

Entre la búsqueda de la verdad y la justicia social

Uno de los aportes más matizados del documento es que no cuestiona la preocupación por la justicia social ni la participación política de los académicos.

Los autores aclaran que no consideran problemático que los investigadores tengan convicciones políticas, participen en debates públicos o incluso orienten parte de su trabajo hacia causas concretas. Tampoco cuestionan la ampliación del canon académico hacia mujeres, minorías étnicas o grupos históricamente marginados.

La crítica apunta a otra cuestión: que las conclusiones de una investigación queden determinadas de antemano por objetivos políticos considerados moralmente deseables. Cuando eso ocurre, sostienen, la investigación deja de ser una búsqueda abierta de conocimiento para convertirse en una actividad destinada a confirmar posiciones previamente establecidas.

El informe advierte que esta dinámica puede generar mecanismos informales de exclusión intelectual: dificultades para publicar resultados heterodoxos, estigmatización de académicos disidentes, presión para alinearse con consensos ideológicos y formación de monoculturas intelectuales que reducen la diversidad de perspectivas.

Una defensa de las humanidades

Paradójicamente, uno de los capítulos más extensos del documento está dedicado a defender la importancia de las humanidades.

Los autores sostienen que disciplinas como la filosofía, la historia, la literatura o la antropología son esenciales para formar ciudadanos libres, desarrollar pensamiento crítico, comprender culturas diferentes y reflexionar sobre cuestiones de valor, significado y sentido que las ciencias naturales no pueden resolver por sí solas.

Precisamente por esa importancia social, argumentan, resulta fundamental preservar estándares de rigor intelectual. La misión de las humanidades no consiste en adoctrinar ni en impulsar una línea política específica, sino en proporcionar herramientas para que cada individuo forme sus propios juicios informados.

Una advertencia, no una intervención

A diferencia de otras críticas recientes a la educación superior estadounidense, el informe evita proponer intervenciones administrativas drásticas.

Los autores reconocen que la evidencia disponible todavía es limitada y advierten que los ejemplos presentados no permiten medir con precisión la magnitud del problema. También rechazaron explícitamente cualquier intento de reemplazar una ideologización de izquierda por una ideologización de derecha.

De hecho, el documento dedica varias páginas a cuestionar también las crecientes presiones políticas provenientes de gobiernos, legislaturas estatales y sectores conservadores que buscan intervenir en contenidos académicos y curriculares.

La recomendación final es más modesta: recuperar una cultura universitaria basada en la apertura intelectual, el debate de ideas, la tolerancia al desacuerdo y la evaluación de los trabajos por su calidad argumentativa y empírica, no por su alineación ideológica.


State-of-Scholarship-Report-final

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