Un artículo publicado por el diario The New York Times advirtió sobre una creciente distorsión en el sistema educativo estadounidense: casi el 90% de los padres cree que sus hijos tienen un desempeño escolar adecuado o superior al esperado, aunque las evaluaciones nacionales muestran que apenas alrededor del 30% de los estudiantes de 14 años alcanza los niveles de competencia en lectura y matemática.

La columna, firmada por los académicos Ariel Kalil y Derek Rury, sostiene que la combinación entre inflación de notas, flexibilización de estándares y desconfianza hacia los exámenes estandarizados está generando una percepción errónea sobre el aprendizaje real de los alumnos.

Según los datos citados en el texto, sólo el 30% de los estudiantes de octavo grado alcanza niveles satisfactorios en lectura y el 28% en matemática en las pruebas nacionales NAEP (National Assessment of Educational Progress), consideradas una de las principales referencias académicas independientes en Estados Unidos. Sin embargo, la mayoría de las familias interpreta que sus hijos están “a nivel” porque reciben buenas calificaciones escolares.

El artículo afirma que el fenómeno se agravó durante los últimos 15 años debido al aumento sostenido de la inflación de notas. Entre 2010 y 2022, el promedio general de calificaciones en la secundaria estadounidense pasó de 3,02 a 3,32 puntos, especialmente en matemática.

A la vez, varios estados comenzaron a reducir el puntaje necesario para considerar a un alumno “competente” en las evaluaciones oficiales, lo que permitió mostrar mejoras estadísticas sin cambios reales en el aprendizaje. Wisconsin, por ejemplo, modificó su sistema de evaluación y elevó artificialmente sus índices de dominio de inglés del 39% al 48%, mientras que Illinois y Kansas avanzaron en la misma dirección.

Los autores también describen un experimento realizado en 2025 con más de 2.000 padres estadounidenses. Allí observaron que, cuando un alumno tenía notas altas pero bajos resultados en exámenes estandarizados, la mayoría de los padres tendía a ignorar las pruebas y asumir que “todo estaba bien”. En cambio, reaccionaban más rápidamente cuando las calificaciones escolares bajaban, incluso si los resultados académicos objetivos eran buenos.

El trabajo concluye que muchos padres terminan sobrevalorando las calificaciones tradicionales porque son más frecuentes, simples de interpretar y forman parte de la comunicación cotidiana de las escuelas. Los exámenes estandarizados, en cambio, suelen presentarse una vez al año y en formatos considerados complejos o poco confiables por buena parte de las familias.

Para Kalil y Rury, la consecuencia es una creciente desconexión entre las notas y el nivel real de aprendizaje de los estudiantes, en un contexto en el que las escuelas muestran cada vez más calificaciones altas mientras los indicadores nacionales permanecen estancados o retroceden.

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