La Universidad de Harvard University aprobó una reforma para limitar la cantidad de máximas calificaciones en sus cursos de grado, después de décadas de debate interno sobre la inflación académica. La nueva política establece que solo alrededor del 20% de los estudiantes de cada materia podrá recibir una “A” completa, la nota más alta del sistema universitario estadounidense.
La medida fue aprobada por el cuerpo docente y comenzará a aplicarse bajo un esquema denominado “20 más cuatro”: cada curso podrá otorgar notas máximas a un 20% de los alumnos más hasta cuatro excepciones adicionales, una cláusula diseñada para seminarios pequeños o avanzados.
El cambio responde a un fenómeno que se profundizó en los últimos años. Según los datos citados por los profesores Jason Furman y David Laibson en un ensayo publicado en The New York Times, en el ciclo académico 2024-2025 las “A” completas representaron el 60% de las calificaciones otorgadas en Harvard.
Los propios autores reconocen que el problema también alcanzó al curso introductorio de economía EC10, donde durante siete años otorgaron más de 4000 máximas calificaciones, equivalentes al 49% de sus estudiantes. Aunque sostienen que muchos alumnos dominaban los contenidos, admiten que no todos alcanzaban el nivel de “distinción extraordinaria” que oficialmente debería representar una “A”.
El artículo sostiene que la inflación de notas genera múltiples efectos negativos. Entre ellos, reduce los incentivos al aprendizaje, dificulta distinguir a los estudiantes con desempeño excepcional y termina elevando la presión académica general. Los autores señalan que los promedios se volvieron tan altos que “dos A- eran suficientes para que un alumno no pudiera graduarse summa cum laude”.
Furman y Laibson atribuyen parte del fenómeno a un problema de incentivos dentro del sistema universitario. Explican que muchos docentes evitaban calificar con mayor rigor por temor a recibir peores evaluaciones de los estudiantes, perder matriculaciones o afectar sus posibilidades de obtener titularidad académica.
El texto compara esta dinámica con otros problemas clásicos de acción colectiva estudiados en economía, como la sobreexplotación de recursos naturales o la contaminación. Según los autores, mientras cada profesor actuaba individualmente para proteger sus propios intereses, el resultado colectivo era una inflación permanente de calificaciones.
La preocupación también alcanza al prestigio institucional. El artículo advierte que la inflación académica erosiona la reputación de excelencia de las universidades y cita al decano de Yale College, Pericles Lewis, quien afirmó: “No quiero que una A en Yale se perciba como una A de menor valor”.
Harvard no es la primera universidad en intentar contener este fenómeno. Princeton aplicó una política de deflación de notas entre 2004 y 2014, mientras que Wellesley mantuvo un sistema similar entre 2004 y 2019. Ambos programas fueron finalmente eliminados tras presiones de estudiantes y profesores.
Los autores sostienen que el problema excede a Harvard y afecta a gran parte del sistema universitario estadounidense. También reclaman mayor transparencia en los sistemas de evaluación y proponen que empleadores y posgrados consideren las políticas de calificación de cada institución al analizar antecedentes académicos.
Según el texto, cuando las notas dejan de diferenciar a los estudiantes, otros factores comienzan a ganar peso en las admisiones y contrataciones, como los contactos personales, las prácticas profesionales o incluso ensayos redactados con herramientas de inteligencia artificial. “La inflación de calificaciones no solo devalúa una A; también da más peso a factores distintos a lo que el estudiante realmente aprendió”, concluyen los autores.

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