Texto leído por el autor durante la presentación de su libro El malestar digital: la parte de la historia que faltaba contar, editado por Convercom Libros, en Montevideo, el 2 de septiembre de 2026

Convocamos esta reunión bajo el lema de «cuando el periodismo y la comunicación toman la palabra». Es uno de los ejes del libro y una de sus líneas de lectura posibles.

Estamos habituados a escuchar explicaciones políticas del mundo, explicaciones económicas y explicaciones sociológicas del mundo. ¿Pero explicaciones periodísticas?

Parecería que el mundo del periodismo son las historias más o menos micro, las investigaciones acotadas. Y claro, así nació el periodismo y para eso la sociedad lo legitima. O sea, está bien, solo que ya no parece suficiente. Ni la política, ni la economía, ni la ciencia social  describiría el momento actual como el de una triple crisis: crisis de la información, de la conversación pública y del periodismo en conjunto con los medios. No es que todo se reduzca a esta crisis, pero sí quiere decir que sin prestar atención a ella no hay salida posible. Desde mi punto de vista, el periodismo y la comunicación además de hacer lo de siempre, tienen que también hablar del mundo. Y desde este libro, ejerzo ese derecho.

Porque si no habla, el periodismo no explica los problemas sociales que lo involucran. Por ejemplo, la crisis de la desinformación que estalló en 2015. En buena parte de la ciudadanía quedó la idea de que el problema se originaba por el periodismo. Qué otra cosa podía sugerir una expresión como «fake news». No debe haber nada más nocivo para el periodismo que la instalación de la idea de que puede haber una noticia falsa. Debe quedar claro que el fenómeno de la desinformación es multicausal y el periodismo no es una de sus causas, sino una de sus principales víctimas.

Debió decirlo y no lo hizo, porque quizá los periodistas no estamos equipados para debatir teóricamente; no entra en nuestra caja de herramientas, algo que vaya más allá de contar historias y ser fieles a los hechos. Esa es nuestra esencia, pero ya no es suficiente. Entramos a un mundo distinto.

Pero volvamos a la triple crisis y veamos dos de estos tres factores: la información y la conversación pública

Empecemos con la información

Está instalada la idea de que vivimos una época de abundancia informativa, pero yo discuto esto. La información no abunda. La información periodística cuesta tanto obtenerla, procesarla y publicarla, como en el siglo XX o en el siglo XIX. Las fuentes que se animan a hablar y revelar hechos hasta ese momento ocultos, suelen ser como siempre escasas, y el poder sigue teniendo el mismo interés en impedir todo escrutinio.

Lo que parece confundir a quienes promueven la idea de una «abundancia informativa», es la gran cantidad de nuevos formatos y dispositivos que proliferan en el ecosistema y que hacen imposible eludir las noticias. En todo momento hay un aparato de radio o tv o un streaming o un podcasting o una pantalla de móvil o escritorio, en que se está informando algo. La pregunta es, cuánta de esa información que se propala por distintos medios es «nueva». Y la respuesta es, muy poca. En realidad, estamos todo el día dando vueltas a las mismas noticias ya introducidas por los medios. La mayor parte de los nuevos formatos y dispositivos solo repiten, o agregan una opinión, un matiz interpretativo, hechos menores que no mueven la aguja de la agenda. Pero nueva información, casi nada. O sea, la idea de la abundancia informativa es una ilusión de una época que ha introducido muchos cambios de gran espectacularidad, pero sin cambiar esencialmente el fondo de la cuestión. De todas formas, el asunto no es trivial, porque una encuesta de junio de 2025 del Instituto Reuters, señalaba que 40% de los encuestados en casi 50 países, afirmó evitar las noticias a veces, con frecuencia. En 2017, 8 años antes, esa cifra era 29%. ¿Esto quiere decir que la información se volvió tóxica? No, lo tóxico es la proliferación descontrolada de emisores.  

Pero la verdadera crisis de la información se generó a partir de su pérdida de trazabilidad, lo que nos dificulta saber su procedencia y su origen. Los usuarios ya no pueden discernir cuándo están ante una información o ante una falsificación de los hechos, lo que llamamos desinformación. O sea que no solo no vivimos una época de abundancia informativa, sino que estamos sumidos en una crisis de la información que no tiene precedentes. Le dedico 3 capítulos al tema e introduzco la categoría de desinformación discursiva, desde mi punto de vista, una novedad, ya que lo único que no se ha probado con la desinformación, es considerarla un discurso.

El segundo factor crítico es la conversación pública.

La conversación pública es la caja de resonancia de la sociedad abierta. No se habla demasiado sobre ella porque falta claridad sobre su enorme gravitación en un sistema democrático.

Recordemos que la conversación pública antes de las plataformas discurría en los ámbitos propios del intercambio social, la familia, los boliches, los encuentros con amigos, el trabajo, los lugares de estudio. Y esta fue otra de las actividades sociales que las plataformas transformaron de plano.

Se habla de la polarización como si fuera inherente al funcionamiento de las plataformas. Y por eso muchos culpan a los algoritmos. Pero es claro que este punto ya parece un debate laudado, al menos en los estrados judiciales. Como ustedes saben, Meta, la empresa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp, aceptó pagar 17.000 millones de dólares ante una demanda de 47 estados y otras 4 jurisdicciones.

Los demandantes sostenían que la adicción resultante ha derivado en problemas como depresión, ansiedad, trastornos alimentarios y autolesiones, incluido el suicidio.

Es decir, todo un reconocimiento de que las redes han sido diseñadas para ser adictivas y enredarnos emocionalmente.

Que las plataformas empiecen a admitir estos extremos indica que estamos entrando a un nuevo momento de las sociedades abiertas.

De todos modos, desde mi punto de vista, no es solo la programación algorítmica, lo que conduce a la crisis de la conversación pública. Es cierto que las prácticas algorítmicas tienden a exacerbar lo emocional y a extremar actitudes y opiniones, pero la polarización  difícilmente ocurriría si la política no introdujera sus formas más tóxicas de partidizar y polarizar.

Por eso titulé el capítulo 9 «las redes sociales no son para los políticos ni para la política, sino para la ciudadanía».

Con el surgimiento de las redes sociales, la política ha realizado una mala lectura: si ahí está la gente, ahí tenemos que estar. Pero esa es la misma razón por la cual, los vendedores ambulantes se instalan, si los dejan, en las principales avenidas, por donde circula la mayor cantidad de personas. O sea, tiene una lógica. Pero no parece la lógica que conviene a la ciudadanía. Del mismo modo que el ambulantismo tiende a apoderarse del espacio público como si le perteneciera, la política hace lo propio en las redes y despliega su agenda temática. Y junto con ella transfiere ansiedades, urgencias y un estrés que no es el de la vida cotidiana de las personas que no se dedican a la política.

Tengo en muy alta estima a la actividad política y siento gran respeto por quienes se dedican honestamente a ella. Pero no al punto de considerar que todo debe pasar por la política.

La ciudadanía tiene que poder elaborar sus ideas como antes, entre los suyos, sin interferencias como la desinformación o las polarizaciones artificiales. Y es claro que la expresión «los suyos» ha cambiado en forma radical en tiempos electrónicos y ciberespaciales, ya no se trata de los próximos, los que viven en el barrio o en el trabajo; la red de cada uno hoy, no tiene límites.

Mi conclusión es que las redes se polarizan, también, porque se politizan.

Una definición que me gusta mucho es que la conversación pública está más próxima al género chat que a la política. Porque el género chat se parece mucho a la vida cotidiana. Uno va y viene mientras chatea, a veces tenemos compromisos e interrumpimos y a veces nos olvidamos u otras veces nos prendemos a la conversación y no la podemos soltar. Todo es muy aleatorio en los chats, como en las redes. No hay ninguna necesidad de discutir ni exclusiva ni principalmente sobre asuntos políticos en las redes.

Supongo que más de uno de ustedes está pensando, y cómo se hace para que la política no se entrometa en las redes sociales. No eludiré el tema y daré mi punto de vista.

Escribí este libro bajo el presupuesto de que lo que está ocurriendo es la reorganización de la sociedad moderna (esto lo fundamento largamente en los primeros capítulos y sería muy largo referirme a ello acá). Es decir que a lo largo de las próximas dos décadas estimativamente se va a ir configurando un nuevo tipo de sociedad. Estamos habituados a pensar esa sociedad del futuro en términos tecnológicos, a un punto que nos deslumbra y abruma, si la inteligencia artificial superará a la humana y cuándo ocurrirá, por ejemplo. Pero el malestar no es tecnológico. Lo tecnológico provoca cambios que alteran el funcionamiento y la convivencia social y han provocado este malestar. Lo decisivo es qué hace la sociedad con los cambios. Porque si esos cambios incrementan por ejemplo, la inequidad y en lugar de que el 1% de los estadounidenses, el 1% de los chinos y el 1% de los europeos controlen el 30% o el 32% de la riqueza de sus respectivos países, como ocurre ahora, si esa inequidad aumenta, el malestar aumentará, las migraciones serán aun más conflictivas y los modelos de consumo y alteraciones del clima más insostenibles y perjudiciales. La sociedad que viene no puede ser más inequitativa, debe serlo menos. La inequidad no debe seguir  creciendo como ocurre hace muchas décadas. Y este es todo un tema que el mundo debe pensar y resolver ahora.

Todo estos temas se debaten hace décadas en muchos foros del mundo. Y también en nuestra región. Pero no llegan la primera plana en forma sostenida, porque también el mundo, como nosotros, vive apagando incendios. También el mundo posterga lo importante ante lo urgente. Todos con la esperanza de que en algún momento las cosas mejoren. Me temo que no, de seguir en el sentido actual, las cosas solo empeorarán.

Porque lo nuevo, lo verdaderamente nuevo que está ocurriendo, es el agotamiento de una sociedad que ya no da más, cuyo impulso languidece. Y esto es lo que pone en discusión este libro.

La cuestión no radica en si vivimos una era de la información, o informacional, o una era de la abundancia informativa o una era del capitalismo de vigilancia, o una era de la posverdad, etc. Estos son todos cintillos con los cuales se ha pretendido explicar nuestra época. Todos intentos que no responden la pregunta primordial, porque ni siquiera se la formularon. La pregunta radical: qué es lo que ya no funciona. Y como no se la formularon, pretenden encontrar las claves para pensar el futuro en tiempos recientes, en las últimas décadas, en general con el surgimiento de internet y la web. Pero internet y sus sucedáneos, la digitalización, las plataformas y sus redes sociales y ahora los LLM, los grandes lenguajes de la inteligencia artificial generativa, fueron solo catalizadores. Han apurado el fin de un tipo de sociedad, no indican lo que se termina ni lo que se inicia.

De ahí que volvamos a la pregunta primigenia, qué es lo que se agota. Y mi respuesta, aquí muy sintética (ya que en el libro lleva los primeros capítulos) es que lo que se agota es el tipo de sociedad que el mundo occidental inicia en el siglo XVIII. Para decirlo rápidamente, la sociedad del siglo XVII, no se parecía a nuestra sociedad actual; la sociedad del siglo XIX ya es la sociedad actual. Y todos los cambios arrancan en el siglo XVIII. No es solo la revolución industrial lo que empieza, no son solo las máquinas (otra vez lo tecnológico impregnando el pensamiento y la percepción), también empieza la urbanización, nace la teoría democrática con el inmenso Del espíritu de las leyes, de Montesquieu y su teoría de los pesos y contrapesos para controlar al poder. Y nace el primer medio periódico. Nace la periodicidad. Nace el diario. Todos estos cambios empiezan a procesarse en el siglo XVIII en medio del tumultuoso éxodo de campesinos que se iban de sus aldeas a las nuevas ciudades.

Así fue que el mundo empezó a parecerse al mundo que conocemos hoy. Ese mundo, que permitió vivir mejor, porque empezó a producir más que lo que se consumía, con lo cual se gestaron las condiciones para disminuir el hambre global, se configuró en esa forma torrencial. Tenemos la impresión del llamado capitalismo salvaje, con la superexplotación de las primera fábricas y el hacinamiento urbano en torno a las propias fábricas, una visión que se popularizó desde la mirada de Dickens y Marx, pero sin embargo, aquellas multitudes que emigraban del campo y se establecían de aquellas formas en las ciudades nacientes, no querían bajo ningún concepto volver a lo anterior. Es decir, la pregunta ni siquiera es si el siglo XVIII inició una sociedad justa. Porque es obvio que no. Aquel mundo fundó la sociedad que podía fundar. La prioridad de la época era superar el hambre. Y por eso saludó la maquinización que prometía destrabar la producción de alimentos y bienes. Lo que nos interesa saber es por qué aquello que inicia en el siglo XVIII se desgastó de un modo tal que languidece en el siglo XXI. Y la respuesta, mi respuesta, obviamente, discutible, seguramente polémica, está entre la segunda y la tercera parte de este libro. Es decir, empleé 180 páginas para desarrollarla. No pretendan que la pueda sintetizar aquí esta noche.

Pero si quieren una síntesis muy esquemática de mi visión acerca del malestar, que adjetivé digital solo por una cuestión de síntesis editorial, diría algo así. Diría que aquel comienzo aluvional generó una formas organizativas provisorias que fueron perfeccionándose legislativamente con el correr del tiempo y se generaron unas determinadas elites que contribuyeron a edificar el mundo y las sociedades que pudieron edificar. Pero aquella concepción dieciochesca, aun mejorada en su desarrollo a través del tiempo, se fue desgastando hasta empezar a chocar con sociedades que fueron incrementando sus demandas y exigencias.

Para mi, el ejemplo típico de ese choque entre las antiguas concepciones organizativas y las nuevas demandas, fue la breve e impetuosa irrupción de Napster en 1999 que iluminó a millones de usuarios y produjo el colapso de la industria discográfica que debió reinventarse. Fue la primera gran red P2P y permitía intercambiar sin límites, las listas musicales en MP3 de cada usuario. Napster llegó a reclutar 26 millones de usuarios en 2001, en medio de una feroz batalla judicial con la industria.

Fenómenos como el de Napster es lo que yo llamo revoluciones. Es decir, la industria discográfica, identificada como el epítome de la elite industrial codiciosa, al pensar más en sus accionistas que en el público usuario, pagó muy caro sus excesos por ganancias desmedidas. Sucesivos cambios tecnológicos, le permitieron vender primero los discos de vinilo, luego los cassettes y luego los CD’s de los mismos intérpretes, pero debió capitular ante el impulso de una ciudadanía global cada vez más consciente de sus derechos y posibilidades. Los usuarios se rebelaron porque no querían seguir pagando 20 dólares por unidades musicales de las que solo les interesaban 2 o 3 temas. El colapso de la industria discográfica precedió a su mutación histórica, a través de Spotify (2008), Apple Music (2015) o YouTube Music (2015) con tarifas planas de 10 dólares para escuchar toda la música que se quiera. O sea que desde el punto de vista de la música y sus prácticas distributivas, el mundo cambió radicalmente en menos de dos décadas.

Napster es el nombre de la primera gran revolución del siglo XXI y muestra el camino de los nuevos tiempos, que no son los que salen de las estrechas mesas chicas de las plataformas, sino de las amplias concepciones imaginativas de los centenares de millones de usuarios que han ido descubriendo el enorme poder del consumo. Que nada tiene que ver con el denostado consumismo, sino con la decisión consciente de pagar para obtener lo que realmente se necesita y desea, en las cantidades y de las formas en que se las desea. Ese es el mundo inteligente que imaginan los miles de millones de usuarios del mundo. Y ni siquiera hay que hacer referéndums ni plebiscitos, basta con interpretar algorítmicamente sus movimientos.

¿Acaso el mundo puede cambiar tan radicalmente? Esta pregunta ya me la han hecho reiteradamente cada vez que expongo mi punto de vista. Y suelo responder con un texto de la profesora alemana Kristina Spohr, que escribió en 2021 su portentoso libro «Después del muro. La reconstrucción del mundo tras 1989». Allí ella nos recuerda que el mundo de 1980 creía que el final de la guerra fría sería con un holocausto nuclear. Todo parecía encaminarse a una confrontación sin punto de retorno. Y sin embargo fue pacífico. Con la ciudadanía de ambos lados del muro de Berlín, armada con picos, palas y martillos, para destruir el muro de la vergüenza. Y todo, dice ella, por la conjunción de tres líderes (Bush, Kohl y Gorbachov) con la gente. Y yo subrayo «la gente». La ciudadanía siempre está lista para cambios que mejoren la vida. Solo hay que interpretarla. La ciudadanía global vuelve a necesitar liderazgos potentes que se hagan cargo del gran cambio que la época requiere. Porque tarde o temprano nos enfrentaremos -ya estamos enfrentados- a la disyuntiva de si la sociedad que viene será a imagen de las tecnológicas propietarias de las plataformas, a las que no parece preocuparles la inequidad ni el cambio climático, ni la salud mental, o a imagen y semejanza de los miles de millones de usuarios que a diario transitamos por las redes. Ahí está la vara, ese es el desafío que esta época nos ha puesto por delante a las sociedades abiertas.


De izq. a derecha: el director del Semanario Búsqueda, Andrés Danza; el autor del libro, Daniel Mazzone y el periodista Leonardo Haberkorn, durante la presentación de la obra en Montenvideo

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