Las discusiones sobre el uso de pantallas durante la primera infancia suelen concentrarse en cuánto tiempo pasan los niños frente a un celular, una tableta o un televisor. Sin embargo, una investigación realizada en la Ciudad de Buenos Aires propone ampliar la mirada: para muchas familias, los dispositivos digitales se convirtieron en una herramienta para poder organizar el cuidado cotidiano.
El estudio, realizado en forma conjunta por el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral y el Observatorio de Desarrollo Humano y Hábitat del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat porteño, analiza las prácticas de crianza de niños de 0 a 5 años y coloca al uso de pantallas como uno de sus ejes principales.
La conclusión central es que la exposición infantil a las pantallas no puede analizarse separadamente de las condiciones en las que se desarrolla la crianza. Las exigencias laborales y domésticas, la disponibilidad de tiempo, los recursos económicos y, especialmente, la existencia o no de otras personas que puedan colaborar con el cuidado condicionan las decisiones de las familias.
Un estudio cualitativo con 78 cuidadores
La investigación es cualitativa y, por lo tanto, no busca establecer porcentajes representativos de toda la población porteña sino identificar experiencias, comportamientos y tensiones presentes en distintos tipos de hogares.
Participaron 78 personas -70 mujeres y ocho varones- en diez grupos focales. Entre ellas había 54 madres, nueve abuelos o abuelas, siete padres, siete niñeras o cuidadoras remuneradas y una tía. La edad promedio fue de 38 años.
El trabajo de campo se realizó entre octubre y diciembre de 2025 en las comunas 4, 7, 9, 12 y 13. Los participantes fueron segmentados según nivel socioeconómico, edad de los niños y situación laboral de las personas responsables del cuidado.
La pantalla como recurso para poder hacer otras cosas
Uno de los hallazgos más relevantes es la contradicción que enfrentan madres, padres y otros cuidadores. Existe preocupación por los posibles efectos de una exposición excesiva, pero al mismo tiempo los dispositivos permiten resolver situaciones muy concretas: trabajar, cocinar, limpiar, atender a otro hijo o simplemente conseguir algunos minutos de descanso.
El informe identifica preocupación y sentimientos de culpa en todos los niveles socioeconómicos. Las familias conocen los cuestionamientos al uso de dispositivos, pero recurren a ellos como herramienta para administrar el cuidado, especialmente cuando existe sobrecarga y poco apoyo.
Una madre de estrato medio resume esa contradicción en uno de los testimonios recogidos por los investigadores: “Le pongo un dibujito en el celu y me siento horrible, porque para mí es horrible ver al bebé con el celu en el carrito, pero es como, bueno, ¿cómo hago?”.
La cuestión, entonces, no se limita a una decisión sobre tecnología. El informe plantea que las posibilidades reales de restringir las pantallas dependen también de los recursos disponibles para reemplazarlas por juego, interacción con adultos u otras actividades.
Menos redes de cuidado, mayor dependencia
Las diferencias socioeconómicas aparecen con claridad cuando se analiza quién puede ayudar a cuidar a los niños. Casi la mitad de las madres participantes pertenecientes al estrato bajo dijo no contar con ninguna otra persona que colaborara con el cuidado, mientras que un número similar disponía solamente de una. En el estrato medio pleno, en cambio, era habitual contar con dos, tres o más personas, incluyendo al otro progenitor, abuelos, empleadas domésticas y niñeras.
Esa diferencia modifica el margen de maniobra de cada hogar. En los sectores medios y medios altos, el conflicto aparece especialmente entre los ideales de crianza y las prácticas que finalmente pueden sostenerse. En los hogares más vulnerables, en cambio, la utilización de las pantallas está más vinculada con la falta de redes, la concentración del cuidado en una sola persona —frecuentemente una mujer— y la necesidad de resolver tareas básicas bajo mayores restricciones económicas.
“Me cuesta poner ese límite, porque si estoy en casa yo también tengo que hacer otras cosas en paralelo”, explicó una madre de estrato medio.
La falta de alternativas aparece todavía más explícitamente en el relato de una abuela: “Él va al cuarto con la tele, está tranquilo, no molesta. También en mi casa sabe bien dónde tengo el celular y lo busca directamente porque sabe que lo dejo que juegue. Le pongo YouTube y se queda tranquilo”.
Las mujeres dedican casi el doble de tiempo al cuidado
La cuestión tecnológica se superpone, además, con una distribución desigual de las tareas familiares. El informe cita datos de la Encuesta de Uso del Tiempo de la Ciudad según los cuales las mujeres que viven en hogares con niños de hasta 5 años dedican en promedio 6 horas y 50 minutos diarios al cuidado, frente a 3 horas y 32 minutos de los varones.
Las mujeres también concentran buena parte de la organización: establecer rutinas, anticipar necesidades, administrar horarios y fijar límites. Esa acumulación se traduce, según el estudio, en mayores niveles de estrés y agotamiento físico y mental. En los sectores más vulnerables pesan principalmente los problemas de ingresos, vivienda, alimentación y salud; en los sectores medios adquiere mayor relevancia la tensión entre desarrollo profesional, realización personal y exigencias de la maternidad.
La regulación de las pantallas incorpora otra tarea a esa carga. Los grupos focales registraron diferencias de criterio incluso dentro de una misma familia, desde posiciones de prohibición hasta otras mucho más permisivas. Los participantes expresaron desconocimiento, preocupación y falta de herramientas concretas para establecer límites.
Del problema tecnológico al problema del cuidado
El estudio advierte sobre los efectos de la sobreexposición digital y señala que las pantallas compiten con el juego, la conversación y la interacción interpersonal. Pero su principal aporte consiste en desplazar el problema desde una discusión exclusivamente tecnológica hacia otra sobre cómo están organizados el cuidado y la crianza.
El agotamiento aparece en todos los sectores sociales. El informe habla incluso de un “colapso del autocuidado”: falta de descanso, dificultad para disponer de tiempo propio y postergación de la salud y el bienestar de quienes cuidan. Las posibilidades de enfrentar esa situación también son desiguales: mientras los hogares con mayores recursos mencionan terapia, actividad física o espacios de sociabilidad, en los sectores vulnerables el autocuidado puede reducirse simplemente a realizar alguna actividad cotidiana sin interrupciones.
“Varias de las personas participantes señalaron la necesidad de recibir mayor formación y orientación sobre los efectos del uso de dispositivos, las pautas que conviene aplicar y el modo concreto de hacerlo. También destacaron el valor de la orientación familiar para llevar esas pautas a la práctica y plantearon que la legislación acompañe la regulación de los dispositivos en el ámbito escolar”, explicó Dolores Dimier de Vicente, decana del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.
Regular las pantallas, pero también ofrecer alternativas
Las recomendaciones del trabajo reflejan esa mirada. Las familias demandan capacitación para administrar las pantallas y los controles parentales, pero también más servicios de cuidado, orientación profesional, talleres de crianza, juegotecas, espacios comunitarios y mejores redes de acompañamiento.
El informe concluye que las políticas sobre primera infancia deberían abordar la exposición a las pantallas no solamente mediante restricciones, sino teniendo en cuenta que los dispositivos cumplen una función concreta cuando quienes cuidan están sobrecargados. Recomienda ampliar servicios accesibles y de calidad, fortalecer las redes comunitarias e institucionales y avanzar hacia una mayor corresponsabilidad entre mujeres y varones.
En ese sentido, el ministro de Desarrollo Humano y Hábitat porteño, Gabriel Mraida, sostuvo que el objetivo es “dar respuestas basadas en evidencia, entender qué está pasando puertas adentro de cada casa para acompañar a cada familia en sus necesidades específicas”.
El diagnóstico introduce así una dimensión que suele quedar fuera del debate sobre infancia y tecnología: reducir el uso de pantallas no depende solamente de establecer reglas para los niños, sino de que los adultos dispongan del tiempo, los servicios y las redes necesarias para ofrecer alternativas.

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