Con la muerte de Carlos Alberto Solari, el Indio Solari, uno de los líderes de la mítica banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, aflora una vez más un fenómeno social y cultural único y singular. Un movimiento muy profundo que asoma por los márgenes de los grandes centros urbanos de Argentina. Los seguidores de la banda, los ricoteros, conforman un colectivo, una multitud de carácter cuasirreligioso muy atrayente para el estudio antropológico, sociológico y, por qué no, teológico.
Si hay un fenómeno que es asimilable al de los Redondos, es el de los Grateful Dead en los Estados Unidos. La banda de rock-folk psicodélico se creó en Palo Alto, California, a mediados de los años 1960. Bob Weir, Jerry García, Ron McKernan, Phil Lesh y Bill Kreutzmann dieron forma finalmente a la banda al tiempo que participaban en sesiones de experimentación con LSD bajo la influencia de Ken Kesey. California en tiempos de la Guerra de Vietnam y del flower power.
El lugar de nacimiento marcó desde el comienzo las características y la proyección de una corriente más amplia que excedió al grupo mismo. Palo Alto era también la sede de un núcleo de grandes intelectuales que no formaron parte del mainstream del mundillo universitario, como Gregory Bateson, Paul Watzlawick o Erving Goffman.
Los Grateful Dead fueron uno de los referentes de esta contracultura californiana de los años 1960 junto a Jefferson Airplane o Janis Joplin, que se codeaba con beatniks, poetas, científicos y tecnólogos que empezaban a asomar. Al igual que muchas bandas contraculturales, generaron una comunidad de trabajo que sumó escritores, artistas plásticos y pensadores poco convencionales agrupados en torno a la Bay Area: San Francisco, Berkeley, Emeryville, Stanford, Oakland, San José y Palo Alto. La región que luego albergaría el polo de desarrollo digital que se llamaría comúnmente Silicon Valley.
Del LSD al ciberespacio
La interacción de estas bandas con figuras como Howard Rheingold, Stewart Brand y Steve Wozniak generó un estallido de creatividad que fue aprovechado por la incipiente experimentación en lo digital y la informática. Steve Jobs se nutrió de toda esa ebullición para fundar Apple en 1976, en compañía de Wozniak.
Los Grateful Dead pronto generaron un grupo de seguidores que se volvieron fanáticos de la banda. Se denominaron Deadheads. Seguían a la banda por California y, cuando se expandieron a otras regiones de los Estados Unidos, los siguieron por detrás. Su atracción se limitó centralmente al país. Por ejemplo, al no tener una discográfica que los distribuyera masivamente en Argentina, su conocimiento se focalizó en rockeros y luego en hackers, cultores y pensadores de las culturas alternativa y digital.
The Dead, como se le decía a la banda, se destacó por tener letristas que no eran músicos del grupo. Entre ellos estaban Robert Hunter y John Perry Barlow. Barlow, dado sus vínculos con ese entorno digital de la Bay Area, a comienzos de los años 1990 organizó su propio espacio: la Electronic Frontier Foundation. Fue desde allí que, desafiando la Telecommunications Act promovida por el presidente Bill Clinton, lanzó en Davos en 1996 su Declaración de Independencia del Ciberespacio, una defensa libertaria del uso individual de Internet ante el avance, control y posible manipulación por parte del gobierno estadounidense. De un par de hippies interesados por la música, Bob Weir (falleció a comienzos de este año) y Jerry García (murió en 1995), que se cruzaron en Palo Alto a un movimiento global por la preservación de Internet como un espacio de autonomía individual frente a los poderes políticos y empresarios. Colosal.
Hagamos ahora la relación con Los Redondos. Aquello que sería luego la banda mítica argentina tuvo su origen en La Plata en 1976. Un grupo difuso de músicos como Bernardo Rubaja, los hermanos Basilio y Ricky Rodrigo, junto al guitarrista Skay Beilinson (quien tenía una vinculación con una banda de comunidad mítica, La Cofradía de la Flor Solar), empezaron a tocar en garages y sótanos. 1976 fue un año duro. Comienzo de la dictadura militar. Tocar rock no era precisamente la mejor credencial que ofrecer ante un oficial de las fuerzas armadas argentinas. A ellos se sumó un artesano, Carlos Alberto Solari, luego El Indio, que era amigo de Guillermo Beilinson, hermano de Skay. Pronto Skay y Solari descubrieron que tenían buena dinámica para componer canciones: Skay la música y Solari las letras.
El grupo fue creciendo de modo anárquico y con ese espíritu comunitario y contracultural propio de California. A comienzos de los años 1980 se acercaron a Luca Prodan, a la artista Marcia Schvartz, a la actriz Vivi Tellas, al luego ilustrador de las tapas de los discos Ricardo “Rocambole” Cohen y al periodista Enrique Symns. Los conciertos eran performances contraculturales que recorrían el underground porteño. La Plata había quedado chica. Si se quisiera rastrear un antecedente de las performances escénicas de los primeros Redondos habría que encontrarlos en el Instituto Di Tella de mediados de los 1960s.
De la contracultura al aguante
En algún momento, a comienzos de los años 1990, ya con discos editados que les garantizaban mayor difusión, hubo un click. De ser un grupo cultural, Los Redondos pasaron a atraer progresivamente un público cada vez más proveniente de los márgenes de la sociedad urbana.
Los recitales autogestionados de la banda, la dinámica independiente en la edición de los CDs y la negativa de la banda a transigir con el mainstream de las radios y los canales de televisión les generaron un aura singular. Sus seguidores incondicionales se multiplicaron y pasaron a conformar una de las grandes tribus e identidades rockeras: los ricoteros.
El espíritu ricotero fue tomando cada vez más el perfil cultural del “aguante” propio de las barras de los clubes de fútbol, en particular de aquellos de la Primera Nacional B hasta los de la Primera D del conurbano. De una manifestación pluriartística de elites de sótanos a los descampados de las estaciones de tren del conurbano.
En 2001 se produjo la disolución de la banda producto de diferencias irreconciliables entre sus dos líderes, el Indio Solari y Skay Beilinson. Quien se quedó con el enorme grueso de los ricoteros fue el Indio. Skay prefirió el perfil bajo de allí en más.
El Indio estimuló y promovió la comunidad ricotera que derivó en una multitud con una identidad con principios cuasirreligiosos. El Indio se convirtió así en un chamán que lideraba un público crecientemente marginal. Su adscripción al kirchnerismo lo convirtió en uno de sus grandes referentes culturales y, por lo tanto, le imprimió un perfil partidista a su liderazgo.
El movimiento contracultural que se originó en La Plata en el contexto de la brutal represión de una dictadura militar derivó en el liderazgo de una multitud de desangelados, como decía el Indio.
Aquí asoman las grandes diferencias con los Grateful Dead. Mientras que la creatividad de aquella comunidad psicodélica californiana se expandió de modo indirecto y global para preservar la autonomía de Internet frente a las presiones de los gobiernos, el Indio Solari orientó a sus ricoteros hacia un movimiento centrípeto, con una sólida presencia en las periferias de las urbes argentinas y luego, a partir del kirchnerismo, con una marcada partidización. El Indio pasó a ser un exponente de la cultura oficial, un perfil bastante diferente al de sus orígenes.
Dos comunidades contraculturales con un origen en la música en dos contextos muy diferentes resultaron en derroteros también marcadamente dispares.
El Indio Solari se convirtió así en un profeta o un maestro espiritual sobre una gran multitud que lo siguió de modo incondicional hasta su final y más allá. Curiosamente, esta presencia religiosa también impregnó a la multitud que conformó al mundo Apple. Al morir Steve Jobs en 2011, los usuarios de Mac y los seguidores del empresario digital desfilaron por las Apple Store para encender o depositar velas y mensajes. Los ideales religiosos se asomaron tanto en el centro de la innovación tecnológica como en un barrio marginal del tercer cordón del Gran Buenos Aires.
San Francisco, la Bay Area y el Gran Buenos Aires. Dos caminos con lógicas asimilables, aunque con despliegues muy diferentes. Una pequeña muestra de Estados Unidos y de la Argentina de los últimos sesenta años.
El autor es doctor en Sociología y docente de grado y posgrado en la Universidad Católica Argentina (UCA) y de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref)

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