En un discurso ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, León XIV advirtió que la pérdida de un significado compartido de las palabras está erosionando el diálogo, debilitando el multilateralismo y restringiendo libertades fundamentales. El mensaje fue pronunciado en el Vaticano, durante el tradicional encuentro de inicio de año con representantes diplomáticos, este 9 de enero.

El Papa situó el eje de su intervención en el valor del multilateralismo como espacio de encuentro y conversación -a imagen del Foro Romano o la plaza medieval-, pero subrayó que ese diálogo solo es posible si existe un acuerdo básico sobre el sentido de las palabras. Para ilustrarlo, recurrió a una cita de San Agustín, tomada de La ciudad de Dios, donde el pensador cristiano describe la imposibilidad de entendimiento entre personas que no comparten un lenguaje común. León XIV recordó así que, cuando las palabras se desligan de la realidad, la comunicación se vuelve impracticable y la convivencia, frágil.

En ese marco, el Pontífice sostuvo que hoy el significado de los términos es cada vez más “fluido” y los conceptos, más ambiguos, lo que transforma al lenguaje en un instrumento que puede usarse para engañar, herir u ofender. Reclamó la recuperación de palabras claras y definidas como condición para un diálogo auténtico, tanto en la vida privada y el debate público como en la política, los medios, las redes sociales y las relaciones internacionales, con el objetivo de prevenir conflictos y evitar la imposición por la fuerza.

León XIV también señaló una paradoja contemporánea: el debilitamiento del lenguaje suele invocarse en nombre de la libertad de expresión, cuando -afirmó- esta se garantiza precisamente por la certeza semántica y el anclaje de las palabras en la verdad. En ese contexto, advirtió sobre el surgimiento de un “lenguaje de corte orwelliano” que, bajo la pretensión de ser cada vez más inclusivo, termina excluyendo a quienes no se ajustan a determinadas ideologías.

Finalmente, el Papa vinculó esta deriva con restricciones a derechos humanos fundamentales, en particular la libertad de conciencia. Defendió la objeción de conciencia -en ámbitos como el servicio militar o ciertas prácticas médicas- como un acto de fidelidad personal y no de rebelión, y alertó que incluso Estados que se declaran democráticos tienden a cuestionarla. Una sociedad verdaderamente libre, concluyó, no impone uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias y promueve un diálogo ético que fortalece el tejido social.

A continuación el párrafo del discurso:

El propósito del multilateralismo, entonces, es proporcionar un lugar donde las personas puedan reunirse y conversar, siguiendo el modelo del antiguo Foro Romano o la plaza medieval. Al mismo tiempo, para dialogar, es necesario un acuerdo sobre las palabras y los conceptos que se utilizan. Redescubrir el significado de las palabras es quizás uno de los principales desafíos de nuestro tiempo. Cuando las palabras pierden su conexión con la realidad, y la realidad misma se vuelve discutible y, en última instancia, incomunicable, nos convertimos en las dos personas a las que se refiere San Agustín, quienes se ven obligadas a permanecer juntas sin que ninguna de ellas conozca el idioma de la otra. Observa que: «Los animales mudos, incluso los de especies diferentes, se entienden mejor que estos dos individuos. Pues, aunque ambos son seres humanos, su naturaleza común no contribuye a la amistad cuando la diversidad lingüística les impide expresar sus sentimientos; de modo que un hombre conversaría más fácilmente con su perro que con un extranjero».

Hoy en día, el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan, cada vez más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio predilecto para que los seres humanos se conozcan y se encuentren. Además, en las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se convierte cada vez más en un arma para engañar, herir y ofender a los adversarios. Necesitamos de nuevo palabras para expresar realidades claras y definidas de forma inequívoca. Solo así se podrá reanudar un diálogo auténtico sin malentendidos. Esto debería ocurrir en nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Debería ocurrir también en el contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este último recupere la fuerza necesaria para desempeñar su papel de encuentro y mediación. Esto es, sin duda, necesario para prevenir conflictos y garantizar que nadie se vea tentado a imponerse a otros mediante la fuerza, ya sea verbal, física o militar.

Cabe destacar también la paradoja de que este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la propia libertad de expresión. Sin embargo, al examinarlo con más detenimiento, se observa lo contrario, pues la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está anclado en la verdad. Es doloroso observar cómo, especialmente en Occidente, el espacio para la auténtica libertad de expresión se reduce rápidamente. Al mismo tiempo, se desarrolla un nuevo lenguaje de corte orwelliano que, en un intento de ser cada vez más inclusivo, termina excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan.

Lamentablemente, esto conlleva otras consecuencias que terminan restringiendo los derechos humanos fundamentales, empezando por la libertad de conciencia. En este sentido, la objeción de conciencia permite a las personas rechazar obligaciones legales o profesionales que entran en conflicto con principios morales, éticos o religiosos profundamente arraigados en su vida personal. Esto puede ser la negativa al servicio militar en nombre de la no violencia, o la negativa de médicos y profesionales de la salud a realizar prácticas como el aborto o la eutanasia. La objeción de conciencia no es rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo. En este momento histórico, la libertad de conciencia parece ser cada vez más cuestionada por los Estados, incluso por aquellos que afirman basarse en la democracia y los derechos humanos. Esta libertad, sin embargo, establece un equilibrio entre el interés colectivo y la dignidad individual. También enfatiza que una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social.



Este texto fue elaborado con la herramienta de inteligencia artificial ChatGPT Plus 5.2 con supervisión humana

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