Durante su estadía en Nueva York en ocasión de la 81° Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Javier Milei utilizó dos de sus principales discursos para defender la inteligencia artificial y equipararla al petróleo, la minería y el agro entre los sectores que traccionarán la economía argentina en los próximos años.
La secuencia comenzó el 23 de septiembre precisamente ante la asamblea general. Allí Milei anunció que una de las tres cuestiones centrales de su intervención sería la posición del organismo frente al avance de la IA (las otras dos fueron la disputa con el Reino Unido por la soberanía de las Islas Malvinas y el papel del propio organismo).
Luego dedicó una parte sustancial del discurso a cuestionar los enfoques precautorios sobre la tecnología y terminó con una definición concreta de política económica: la Argentina buscará competir por las inversiones vinculadas con la IA mediante energía, minerales críticos, talento, beneficios fiscales y un marco jurídico que evite la regulación preventiva.
«Allí, donde muchos ven una amenaza, nosotros vemos una frontera. La Inteligencia artificial o superinteligencia, como dice el Presidente Donald Trump, puede multiplicar nuestra productividad en órdenes de magnitud, que todavía no comprendemos. Trayendo a Adam Smith: la inteligencia artificial será la fábrica de alfileres del siglo XXI, y mucho más. Puede transformar nuestras economías, nuestra medicina, nuestra educación e incluso nuestra forma de gobernar. ¿Eso exige prudencia? Sí. Pero prudencia no significa miedo, y, es más, el miedo bajo ningún punto de vista debería convertirse automáticamente en obediencia», afirmó Milei.
Además, prometió: «Ante la Inteligencia artificial, la Argentina se ubicará en la vanguardia de la libertad. Tenemos los minerales críticos, la energía, el talento y la capacidad para competir en cada eslabón de esa cadena de valor y queremos ser el lugar más competitivo al mundo para desarrollarla, con un marco jurídico de vanguardia, el compromiso de no regular de manera preventiva, el compromiso de no regular de manera preventiva [el Presidente repitió la frase en su lectura], responsabilidad limitada para las empresas que operen con agentes de IA y beneficios fiscales.
Esta posición de la República Argentina no fue planteada en el vacío. Milei contradijo, en el mismo edificio y en la misma semana, tanto al secretario general saliente de la ONU, el portugués António Guterres, como al presidente de turno de la Asamblea, el diplomático bengalí Khalilur Rahman, en momentos en que el propio aparato científico del organismo denunciaba un incidente de descontrol algorítmico.
Guterres -cuyo segundo mandato vence el 31 de diciembre de 2026- había pedido reforzar la gobernanza internacional de la IA para evitar que su desarrollo supere la capacidad de supervisión de gobiernos y sociedades, mediante un marco multilateral con responsabilidades comunes, estándares de seguridad y mecanismos de control. Rahman se anotó en la misma línea prudencial, más orientada a la supervisión que a la promoción irrestricta de la tecnología.
El contexto se había tensado además el 21 de septiembre, cuando el Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de la ONU publicó su primer informe temático. Allí advirtió sobre riesgos de pérdida de control a partir de un incidente en el que agentes de IA de OpenAI habrían escapado de sus límites de contención para atacar a Hugging Face entre mayo y julio de 2026. El panel utilizó ese caso concreto como evidencia de los riesgos que ya había señalado en su informe preliminar de julio.
Los “sectores del futuro”
La segunda parte de la definición llegó 24 horas después. El 24 de septiembre, frente a empresarios e inversores en The Economic Club of New York, Milei dividió las oportunidades de inversión argentinas en dos grandes grupos. Por un lado, los sectores que ya están recibiendo capital: Vaca Muerta, minería y agroindustria. Por otro, aquellos que todavía no alcanzaron una presencia significativa en el país.
“Las inversiones en sectores ya van a gran velocidad, como Vaca Muerta, la minería y la agroindustria, se van a acelerar dramáticamente; y las de los sectores del futuro, que aún no han desembarcado en el país, llegarán con fuerza”, afirmó.
Más adelante, el propio discurso permitió precisar hacia dónde apunta esa definición. Milei dedicó un bloque específico a la inteligencia artificial y sostuvo que la Argentina dispone de buena parte de los insumos que demanda esa nueva economía: energía, cobre, litio y otros minerales críticos, territorio para centros de datos y capital humano especializado.
La inteligencia artificial necesita electricidad en grandes cantidades; los centros de datos requieren energía, infraestructura y terrenos apropiados; la fabricación del equipamiento tecnológico demanda cobre, litio y otros minerales; y todo el ecosistema necesita ingenieros, desarrolladores y especialistas.
Milei resumió esa complementariedad ante los inversores: la IA “consume energía en cantidades enormes” y la Argentina tiene Vaca Muerta; necesita cobre y litio y el país dispone de esos minerales; requiere centros de datos y existen territorios de bajas temperaturas donde instalarlos; y demanda talento especializado, otro activo que el Presidente destacó como ventaja argentina.
Pedidos de regulación y barreras de entrada
La discusión que atravesó la Asamblea General mostró además una paradoja: mientras Milei prometía que la Argentina no regulará preventivamente la inteligencia artificial, algunas de las compañías que encabezan su desarrollo reclamaban esa misma semana reglas comunes para los sistemas más avanzados.
El 21 de septiembre, OpenAI pidió que Estados Unidos liderara la creación de estándares técnicos internacionales para la IA de frontera, con métricas compartidas, evaluaciones de capacidades y protocolos para reportar incidentes. Dos días después, Sam Altman, de OpenAI; Dario Amodei, de Anthropic; y Clément Delangue, de Hugging Face, participaron de una reunión del Consejo de Seguridad dedicada a IA y seguridad internacional. Amodei propuso estándares globales para evaluar modelos, sistemas de notificación de incidentes y acuerdos específicos frente a riesgos como el uso de IA para desarrollar armas biológicas.
La posición empresarial, sin embargo, es más matizada que un simple pedido de regulación. OpenAI sostuvo expresamente que esos estándares no deberían convertirse en licencias, revisiones obligatorias previas al lanzamiento ni mecanismos de autorización estatal, y advirtió que deben diseñarse de manera que no favorezcan a compañías, países o modelos de negocios determinados ni dificulten el ingreso de nuevos competidores.
Esa sospecha no es marginal. La Brookings Institution, un influyente think tank estadounidense no partidario, habitualmente ubicado en el centro o centroizquierda del debate político, advirtió que los regímenes de licencias pueden funcionar como un “foso regulatorio” alrededor de las empresas dominantes, porque trasladan parte de la competencia desde el mercado hacia la capacidad de obtener autorizaciones y afrontar costos regulatorios. Y la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos encontró, en su investigación sobre las alianzas entre Microsoft y OpenAI, Amazon y Anthropic y Google y Anthropic, riesgos potenciales de concentración en insumos clave como capacidad de cómputo y talento especializado, mayores costos de cambio de proveedor y acceso privilegiado a información técnica y comercial.
El dilema tiene antecedentes en industrias fuertemente reguladas. En telecomunicaciones y transporte aerocomercial, normas justificadas históricamente por razones de seguridad, servicio público o control de infraestructuras convivieron también con barreras que protegían a operadores establecidos. Los estudios de la OCDE muestran que la liberalización y el ingreso de nuevos competidores en telecomunicaciones estuvieron asociados con menores precios y mejoras de productividad y calidad, mientras que en la aviación la apertura de mercados facilitó nuevos entrantes, innovación y mayor competencia.

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