La presentación de El malestar digital, de Daniel Mazzone, comenzó como una conversación sobre el periodismo y terminó abarcando una transformación social mucho más profunda. Durante más de una hora, el libro funcionó como punto de partida para discutir qué se agotó en el sistema de medios, cómo las plataformas modificaron la producción y circulación de información y qué nuevas instituciones podrían reconstruir una conversación pública cada vez más fragmentada.

El encuentro se realizó el jueves 17 de septiembre, desde las 19, en la sede de Autores de Argentina. Darío Gallo, periodista y ejecutivo de medios con trayectoria en Perfil, Clarín e Infobae, abrió la presentación, Mazzone desarrolló luego los conceptos centrales del libro y Crettaz se incorporó como tercera voz. La dinámica se amplió después con preguntas y observaciones de periodistas, investigadores y especialistas presentes en la sala, además de quienes siguieron la reunión de manera virtual.

El libro, que fue publicado con apoyo de la Universidad ORT de Uruguay y está disponible en formatos físico y digital en plataformas (Amazon, Google, BajaLibros, entre otras), ya había sido presentado en Montevideo.

Gallo planteó algunas preguntas incómodas: qué responsabilidad tuvieron los dueños, accionistas y directivos de los medios en el deterioro de la industria periodística y qué características deberían tener quienes conduzcan esas organizaciones en el futuro.

Los medios frente a las plataformas

Gallo situó el origen del problema entre quince y veinte años atrás, cuando Google y otras plataformas comenzaron a promover dentro de las redacciones la idea de que había que publicar cada vez más contenidos para aumentar el tráfico y, con él, los ingresos publicitarios.

El resultado, sostuvo, fue muy diferente. La multiplicación de piezas no fortaleció necesariamente a las marcas periodísticas. Por el contrario, la repetición de los mismos materiales en numerosos sitios redujo su valor, degradó la calidad y debilitó la relación entre los medios y sus audiencias.

“Muchísima gente quedó subyugada, desde los accionistas hasta los principales directivos, por las plataformas”, afirmó Gallo. Aquella promesa de que publicar más produciría automáticamente más publicidad terminó impulsando una sobreabundancia de contenidos que definió provocativamente como “basura digital”.

El mérito del libro de Mazzone, señaló, es que permite observar ese proceso “como desde un dron”. No se limita a reconstruir la disputa entre las redacciones y las plataformas, sino que muestra cómo la transformación del ecosistema informativo comenzó a afectar también la democracia y la vida pública.

La pregunta inicial quedó entonces planteada: si buena parte de los propietarios tradicionales no supieron adaptarse y, al mismo tiempo, surgieron empresarios que utilizan los medios como herramientas de lobby o influencia política, ¿debería aparecer una nueva clase de propietarios? ¿Quiénes podrían hacerse cargo de organizaciones que, además de ser económicamente sostenibles, deberían actuar como custodias de la conversación pública?

La abundancia informativa que no existe

Mazzone respondió con una extensa reconstrucción del proceso intelectual que dio origen al libro. El primer capítulo que escribió estuvo dedicado a la información. Después de analizar durante aproximadamente una década la desinformación, según explicó, comenzó a formularse una pregunta anterior y más elemental: qué estaba ocurriendo con la propia información.

Ese interrogante lo llevó a cuestionar una de las ideas más repetidas acerca de la sociedad digital: que el mundo vive una etapa de abundancia informativa. “Nos hemos tragado la pastilla de que vivimos en una época de abundancia informativa”, sostuvo. Para Mazzone, lo que existe no es necesariamente una expansión equivalente de la información original, sino una proliferación de dispositivos y formatos que reproducen incesantemente una cantidad comparativamente pequeña de datos y noticias producidos, en gran medida, por los medios tradicionales.

La diferencia no es menor. Producir información periodística continúa siendo una actividad costosa. Requiere periodistas, tiempo, fuentes, verificación, desplazamientos, conocimiento especializado y organizaciones capaces de sostener ese trabajo. Lo que la digitalización volvió extraordinariamente barato fue la reproducción, la distribución y la reformulación de materiales ya existentes.

Por eso, más que ante una abundancia informativa, Mazzone considera que las sociedades se encuentran frente a una crisis de la información. Uno de sus síntomas principales es la pérdida de trazabilidad: los usuarios reciben noticias, imágenes, audios y afirmaciones sin saber con claridad de dónde provienen, quién las produjo, qué recorrido siguieron ni cómo podrían corroborarlas.

Para quienes trabajan dentro del sistema de medios, esa dificultad puede parecer cotidiana. Sin embargo, advirtió Mazzone, para millones de usuarios representa una fuente de angustia. En pocos años debieron aprender a informarse dentro de un entorno en el que la procedencia, la autoridad y la responsabilidad editorial dejaron de ser evidentes.

Una triple crisis: información, conversación pública y periodismo

A medida que avanzaba en la escritura, el autor comprendió que no estaba solamente ante una crisis de la información. Había también una crisis de la conversación pública y una crisis del periodismo. Esa “triple crisis” se convirtió en uno de los conceptos organizadores del libro.

Mazzone señaló que el mundo contemporáneo suele explicarse desde la política, la economía o la sociología, pero con mucha menos frecuencia desde el periodismo. La profesión, sostuvo, cedió a otros campos la elaboración teórica sobre su propia actividad y sobre el papel que desempeña en las sociedades.

“¿Quién va a hablar de nosotros sino nosotros mismos?”, preguntó. Quienes pasaron años o décadas dentro de una redacción poseen una experiencia que no puede ser reemplazada por una mirada exclusivamente externa. Conocen la presión de ingresar sin saber a qué hora terminará la jornada, la necesidad de decidir con información incompleta y la responsabilidad de producir un relato verificable bajo restricciones de tiempo.

Para Mazzone, esa experiencia otorga a los periodistas no sólo el derecho, sino también el deber de intervenir en la interpretación del mundo actual. El periodismo no debería limitarse a discutir rutinas, fuentes o dilemas éticos particulares. También necesita desarrollar una mirada más amplia sobre las transformaciones sociales en las que está involucrado.

Qué es lo que se agotó

La pregunta que terminó de ordenar el libro fue otra: “¿Qué es lo que se agotó?”. La respuesta de Mazzone excede ampliamente la crisis de los medios. Lo que estaría perdiendo capacidad para organizar la sociedad es el primer gran impulso de la modernidad, iniciado en el siglo XVIII.

Entre los siglos XVIII y XIX se configuraron muchas de las instituciones que todavía estructuran el presente. No sólo apareció la industrialización. También se desarrollaron la teoría moderna de la democracia, las ciudades contemporáneas, el diseño urbano y la periodicidad informativa: la costumbre de recibir noticias de manera regular a través de una publicación que llegaba todos los días.

Por eso, reducir aquel período a la Revolución Industrial impide comprender la dimensión del cambio. No fue solamente una transformación tecnológica. Fue la reorganización simultánea de la economía, la política, la información y la vida social.

Mazzone encuentra una semejanza entre aquel proceso y el siglo XXI. Ambos son períodos capaces de modificar radicalmente el mundo conocido. La diferencia es que, mientras la sociedad del siglo XVIII se conformó de manera aluvional y obligó a legislar gradualmente sobre los problemas que iban apareciendo, la transformación actual exige pensar desde el comienzo una sociedad nueva en su conjunto.

Desde esa perspectiva, regular por separado la inteligencia artificial, las plataformas o cada nueva tecnología podría resultar insuficiente. Los problemas no son compartimentos aislados, sino manifestaciones de un cambio sistémico.

El autor expresó dudas acerca de que las elites actuales tengan la capacidad de conducir ese proceso. En su interpretación, los nuevos liderazgos probablemente surgirán de segundas y terceras líneas que todavía permanecen bloqueadas por estructuras de poder agotadas.



La sociedad como motor del cambio

Pese al diagnóstico, Mazzone rechazó una lectura fatalista. Su expectativa está puesta en la capacidad de las sociedades para forzar transformaciones que las elites no impulsan por iniciativa propia. El libro recupera el caso de Napster: un grupo de jóvenes que comenzó a intercambiar canciones en formato MP3 terminó poniendo en crisis a una industria discográfica centenaria. Escuchar música en 1980 y hacerlo tres décadas después se convirtieron en experiencias completamente diferentes.

También mencionó la caída del Muro de Berlín. Contra las previsiones que durante los años ochenta anticipaban un desenlace nuclear de la Guerra Fría, el muro cayó de manera pacífica, por la combinación entre dirigentes que reconocieron el momento histórico y una sociedad dispuesta a actuar.

Mazzone cree detectar un patrón similar en la resistencia que algunas comunidades estadounidenses comenzaron a ofrecer frente a los beneficios concedidos a grandes empresas tecnológicas. El consumo de agua y energía de los centros de datos empezó a generar cuestionamientos en territorios cuyos gobiernos habían otorgado importantes ventajas para atraer inversiones.

La hipótesis es que la sociedad tendrá una participación cada vez mayor en la definición de los nuevos equilibrios. También ejercerá una vigilancia más intensa sobre los propietarios de medios, las plataformas, las empresas tecnológicas y los gobiernos. “Lo nuevo se viene como una tromba”, sintetizó Mazzone.

La autocrítica del periodismo

Crettaz retomó entonces el concepto de la triple crisis y llevó la conversación hacia la responsabilidad de la propia profesión. Si la información, la conversación pública y el periodismo están en crisis, preguntó, ¿qué hicieron mal los periodistas? ¿Qué podrían haber hecho de otra manera?

Mazzone sostuvo que tanto la industria como la profesión cedieron demasiado espacio. La ausencia de una voz periodística sólida quedó expuesta durante la crisis de la desinformación de 2015 y 2016, que encontró a los medios sin una respuesta conceptual adecuada.

La aceptación de la expresión fake news fue, para el autor, un ejemplo de esa debilidad. El periodismo incorporó en sus propios títulos una fórmula que terminó utilizándose para desacreditar el trabajo de los medios y para borrar las diferencias entre errores, propaganda, manipulación e información profesional.

La madurez de la industria periodística había ocurrido un siglo antes y su declive no debía resultar completamente inesperado. Como otras industrias, atravesó un nacimiento, una etapa de crecimiento y un proceso de pérdida de centralidad. La dificultad estuvo en no haber reconocido a tiempo ese recorrido ni haber desarrollado herramientas para pensar la etapa siguiente.

Gallo profundizó la crítica. Comparó el vínculo económico entre las plataformas y algunas organizaciones periodísticas con la posibilidad de que una tabacalera financiara congresos médicos. A su juicio, la dependencia dificultó la construcción de espacios suficientemente libres para discutir el impacto de Google sobre el periodismo.

También señaló que la obsesión por el volumen perjudicó aquello que diferenciaba a las organizaciones periodísticas. La investigación sobre los Cuadernos de la corrupción realizada por el periodista Diego Cabot en La Nación y las revelaciones recientes sobre la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), ejemplificó, responden al “periodismo de siempre”: investigación, fuentes, documentos, tiempo y capacidad profesional.

Las ciudades y los desiertos informativos

Mazzone relativizó la posibilidad de que ese periodismo desaparezca por completo. Grandes medios como The New York Times, The Washington Post, Clarín o La Nación probablemente mantendrán capacidad para producir investigaciones de impacto. El problema estará fuera de los grandes centros urbanos.

La conversación pública comprende territorios en los que millones de personas quedaron desprovistas de organizaciones periodísticas vinculadas con sus comunidades. Esos espacios son sobrevolados por sitios que buscan tráfico y monetización, pero que tienen escaso interés en los problemas locales.

Mazzone citó el trabajo de Emily Bell, directora del Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia, como una de las referencias más avanzadas para comprender esta crisis. No alcanza, afirmó, con que las grandes ciudades estén abastecidas por buenos medios. Es necesario observar qué ocurre en el resto del territorio, porque la expansión de los desiertos informativos es un fenómeno global.

Gallo agregó que muchos medios locales fueron seducidos por una ilusión estadística. Un sitio de una localidad de 50.000 habitantes puede sentirse exitoso si un contenido viral le proporciona cientos de miles de visitas provenientes de cualquier lugar del mundo. Pero ese tráfico -que incluso puede incluir robots- no reemplaza la función de informar a una comunidad concreta.

“Si te leen 25.000 personas en un pueblo de 50.000 habitantes, estás genial. ¿Para qué querés 200.000 tipos de Uganda mirando un video publicado en un pueblo de La Pampa?”, preguntó.

Qué debe llamarse periodismo

Crettaz llevó luego al centro de la discusión una frase que suele plantear en las conversaciones del Encuentro Federal de Periodistas: hay que “dejar de llamar periodismo a lo que no es periodismo”. La pregunta fue directa: todo aquello que los medios o la sociedad denominan periodismo, ¿realmente lo es?

Mazzone reconoció que se trata de una frontera difícil, pero consideró que la reconstrucción de una voz profesional puede ayudar a ordenarla. La sociedad legitimó históricamente al periodismo como la actividad encargada de producir el discurso de la información. Hoy, en cambio, desconoce en gran medida cómo trabajan los periodistas, qué procedimientos utilizan y por qué esos procedimientos son relevantes.

La respuesta, afirmó, no consiste en pedir una confianza ciega en los medios. Los propios periodistas leen con prevención, discuten lo publicado y diferencian entre organizaciones, autores y calidades. Lo que hace falta es explicar cómo se produce información y formar a las audiencias para que puedan evaluarla.

Esa tarea debería comenzar en la educación. Mazzone propuso incorporar una formación sistemática sobre medios y periodismo, no para enseñar a creer, sino para ofrecer herramientas de lectura, interpretación y verificación.

“El periodismo pagó muy caro la centralidad”, afirmó. Durante décadas, fue el espacio inevitable por el que debían pasar los acontecimientos para adquirir visibilidad pública. Esa posición lo convirtió también en blanco de cuestionamientos provenientes de todos los sectores.

Debate sobre la relación con las plataformas

Cuando la conversación se abrió al público, Vanina Berghella, actual directora para América Latina y el Caribe del International Fund for Public Interest Media (IFPIM) y ex directora ejecutiva del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), respondió a la comparación de Gallo sobre las asociaciones periodísticas financiadas por Google.

Berghella señaló que los aportes de las plataformas para eventos, programas o actividades eran demasiado pequeños como para condicionar el presupuesto o impedir una posición crítica. Otra cuestión, aclaró, es cómo se discuten internamente los momentos, las oportunidades y las formas de pronunciarse.

Su intervención desplazó el eje hacia una responsabilidad anterior de la industria: la manera en que los medios entregaron el mercado publicitario digital.

Cuando comenzó a desarrollarse el periodismo en Internet, los espacios digitales se ofrecían casi gratuitamente como parte de paquetes comerciales. No se les asignó un valor propio y los anunciantes tampoco aprendieron a reconocerlo. Las plataformas aprovecharon esa debilidad y terminaron capturando una parte sustancial de los ingresos.

La cesión de terreno, sostuvo Berghella, no ocurrió únicamente en el discurso público. También se produjo cuando los medios regalaron aquello que financiaba su operación.

La periodista sumó una segunda autocrítica: no es posible enseñar a las audiencias qué es el periodismo de calidad si dentro de los propios medios se abandonan procedimientos elementales. La falta de corrección, el uso insuficiente de fuentes y la degradación de los controles editoriales deberían formar parte de la discusión.

Mazzone coincidió en que la industria no interpretó correctamente el punto de inflexión. Las grandes organizaciones internacionales reunían entonces a miles de medios y poseían un acervo informativo que podría haber permitido una respuesta conjunta. Sin embargo, no reconocieron la oportunidad.

Los medios comenzaron a adaptarse reduciendo estructuras y presupuestos. Mazzone comparó esa dinámica con una familia que se empobrece y aprende a vivir cada vez con menos. Esa estrategia permitió sobrevivir, pero deterioró progresivamente el producto que justificaba la existencia de las organizaciones.

La inteligencia artificial y una historia que se repite

Gallo vinculó esa falta de anticipación con la inteligencia artificial generativa. A su juicio, las asociaciones periodísticas deberían haber reaccionado con mayor rapidez cuando apareció ChatGPT y se hizo evidente que los sistemas utilizarían enormes cantidades de contenido publicado por los medios.

La experiencia de Google, el posicionamiento en buscadores y la pérdida de la publicidad debería haber servido de advertencia. Sin embargo, observó, vuelve a promoverse la idea de que los medios deben adaptarse para aparecer en las respuestas generadas por inteligencia artificial.

El problema es que el usuario puede obtener el dato directamente sin ingresar al sitio que lo produjo. El medio pierde la visita y tampoco recibe necesariamente una compensación por la información utilizada.

La inteligencia artificial puede reorganizar, resumir y relacionar materiales ya publicados, pero no reemplaza con igual facilidad la capacidad de investigar, desarrollar fuentes y producir información original. Si las organizaciones que realizan ese trabajo desaparecen, también se debilitará la materia prima con la que funcionan los sistemas generativos.

El priodista y docente Gustavo Fulco, también presente en el público, trasladó el debate hacia la pérdida de interés de los jóvenes por las noticias. Citó un estudio realizado en UADE que había registrado un nivel de interés cercano al 30% y preguntó cómo podría el periodismo recuperar la atención de esas audiencias mientras intenta reconstruir su prestigio y su identidad.

Mazzone puso en duda que esos resultados expresen necesariamente una menor información. Los jóvenes actuales, afirmó, no parecen menos informados que las generaciones anteriores. La dificultad puede estar en la formulación de las encuestas y en una definición demasiado estrecha de qué significa informarse.

Aunque las audiencias lleguen a los acontecimientos a través de redes, aplicaciones o nuevos formatos, buena parte de la información original continúa siendo producida por organizaciones periodísticas. Las plataformas distribuyen y reorganizan, pero no suelen investigar ni generar por sí mismas las novedades que luego circulan.

El autor diferenció ese fenómeno del rechazo deliberado de las noticias. Existen personas que evitan informarse porque no soportan la repetición permanente de los mismos acontecimientos en múltiples dispositivos y formatos. Ese agotamiento vuelve a mostrar que la saturación de contenidos no equivale a abundancia informativa.

La respuesta no sería consumir más, sino desarrollar un uso más sensato y saludable de los medios. La exposición permanente conduce a una sobredosis que termina alejando a las audiencias.

Fórmulas del pasado para el futuro

Enrique Fraga, periodista especializado en IA e interesado en la historia, introdujo otra perspectiva. Recordó el momento en que las organizaciones periodísticas comprendieron que ya no competían solamente entre sí, sino con Netflix y con cualquier producto capaz de capturar tiempo y atención.

Frente a la proliferación de plataformas y herramientas, propuso mirar también hacia atrás. El regreso del vinilo y del casete demuestra que algunas tecnologías consideradas obsoletas pueden recuperar valor cultural. ¿Podría ocurrir algo semejante con ciertas formas de consumo de noticias?

Fraga mencionó una escena prácticamente desaparecida después de la pandemia: el diario de papel disponible en un café. La pregunta no era una defensa nostálgica de todos los formatos anteriores, sino una invitación a identificar qué prácticas podrían recuperarse para reconstruir una identidad y una relación más pausada con la información.

Mazzone coincidió. Pensar el futuro no implica innovar absolutamente todo ni desechar por completo la sociedad anterior. Algunas instituciones y costumbres sobrevivirán porque todavía cumplen una función. La propia sociedad, afirmó, terminará decidiendo qué preservar y qué abandonar.

La frontera con el discurso científico

El semiólogo José Luis Fernández abrió después una discusión diferente: la relación entre el periodismo y el discurso científico.

Desde su experiencia académica, señaló que una parte de aquello que se presenta como investigación científica podría considerarse periodismo especializado. Estudios basados en entrevistas, recopilaciones de datos públicos, análisis de propietarios de medios o relevamientos sobre hábitos informativos trabajan muchas veces con procedimientos próximos a la observación y la investigación periodística.

Fernández diferenció esas prácticas de las investigaciones que aplican metodologías científicas específicas para producir conocimiento que no podría obtenerse mediante la observación, la consulta de fuentes o la reflexión crítica.

La frontera, reconoció, es móvil y conflictiva. Su pregunta fue si una ampliación del campo periodístico podría generar productos de mayor calidad y, al mismo tiempo, liberar al espacio científico para investigaciones que requieran metodologías propias.

Mazzone respondió que la digitalización hizo estallar el monopolio que los medios ejercían sobre el acceso a la información. Durante buena parte del siglo XX, los diarios organizaban un cuerpo central y numerosos suplementos con los que aspiraban a cubrir los intereses de toda una familia y de amplios sectores sociales.

Hoy muchos datos pueden obtenerse directamente, sin pasar por un medio ni por una publicación especializada. Mazzone citó a Martin Gurri y su libro La rebelión del público: durante décadas, el periodismo acostumbró a la sociedad a que todo lo relevante debía pasar por los medios. La digitalización terminó con esa exclusividad.

La pérdida del monopolio no es necesariamente negativa. Profesionales, especialistas y ciudadanos pueden acceder directamente a información útil para sus actividades. El desafío consiste en determinar qué nuevas formas asumirán los medios y qué parte de ese universo continuará siendo propiamente periodística.

“Los pobres no están en los medios”

Sobre el final, Gallo volvió a tomar la palabra. Dentro del panorama crítico trazado por el libro encontró una ventana todavía indefinida: la aparición de nuevos liderazgos, nuevas organizaciones y formatos que no respondan a las estructuras agotadas.

Ofreció un ejemplo directo: “Los pobres no están en los medios. No hay medios donde se vean los pobres, donde hablen los pobres”.

Esa ausencia abre un espacio para publicaciones que todavía no existen. Pero difícilmente surjan sólo de una expectativa inmediata de rentabilidad. “Las nuevas publicaciones tienen que ser hechas por gente que sueñe”, afirmó.

La caída de la publicidad y las dificultades de las suscripciones hacen improbable una reconstrucción basada simplemente en los modelos anteriores. Los formatos futuros todavía no son visibles, pero la necesidad social de información permanece.

Al final, una perspectiva optimista

Mazzone utilizó esa intervención para cerrar con una perspectiva optimista. Está convencido de que el mundo atraviesa un cambio de enorme magnitud y de que los gobiernos tendrán cada vez menos margen para beneficiar exclusivamente a sus patrocinadores o grupos cercanos sin enfrentar un costo social.

El ejemplo de la industria musical volvió a ocupar el centro. Napster puso en crisis un modelo centenario; Spotify, Apple Music y YouTube Music reorganizaron después la manera de escuchar música. En menos de una década cambió radicalmente una industria que parecía consolidada.

Para Mazzone, el modelo industrial nacido en el siglo XVIII está agotado y será sustituido. El proceso podrá demandar más o menos tiempo, pero el patrón de cambio ya resulta inexorable.

La reunión concluyó con una intervención remota del periodista y docente universitario Alejandro Alfie, que agradeció al autor y a los presentes por el encuentro. También siguieron el encuentro a distancia Mariela Arias, Marco Fernández Leyes, Julio Rodríguez y Héctor Barabino. Entre el público presente también estuvieron la docente e investigadora Eugenia Etkin, que este año presentó dos obras con el sello Convercom Libros (Comunicar en las organizaciones y Comunicar en tiempos de IA -en coautoría con Ignacio Uman- y el periodista Ulises Caballero.

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